"Somos hombres como ustedes"

Es normal sentir cariño y gratitud por nuestro párroco, pero a veces la comunidad cruza una línea muy delicada. Basados en Hechos de los Apóstoles, hoy analizamos por qué idealizar al sacerdote daña profundamente su vocación y nos aleja del verdadero centro, Dios.

Cuando el cariño se vuelve peligroso

Imagina la escena, el sacerdote da una homilía brillante, organiza la parroquia a la perfección o tiene un carisma que atrae a los jóvenes. Al terminar la Misa, la gente lo rodea, lo aplaude y lo llena de halagos. Nace de un cariño genuino y de un respeto profundo, pero, sin mala intención, se puede caer en algo sumamente delicado, poner al sacerdote en un lugar que no le corresponde.

Se le idealiza, se le sobrevalora y se le trata casi como si no fuera humano. Hoy en Fe Aplicada, vamos a reflexionar sobre un pasaje fascinante de los Hechos de los Apóstoles (14, 5-18) que nos muestra cómo reaccionaron los primeros misioneros ante esta misma trampa, y por qué la "idolatría disfrazada" hacia nuestros curas es un veneno sutil para toda la Iglesia.

1. El milagro en Listra y la tentación de ser dioses

El texto bíblico nos cuenta que Pablo de Tarso y Bernabé, huyendo de la persecución, llegan a Listra y siguen anunciando el Evangelio. Allí ocurre un milagro y un hombre paralítico es curado. La reacción de la multitud es inmediata, quieren adorarlos como si fueran dioses, trayendo coronas y toros para ofrecerles sacrificios.

Pero Pablo y Bernabé no se acomodan en ese pedestal. Reaccionan inmediatamente, se rasgan las vestiduras y gritan, "¡Nosotros también somos hombres como ustedes!". No permiten, ni por un segundo, que los pongan en un lugar que no les corresponde. Saben que atribuirse un mérito divino es robarle la gloria a Dios.

2. El veneno del aplauso en la sacristía

Llevemos esto a nuestra realidad parroquial. Hoy no le llevamos toros ni coronas de flores al sacerdote, pero le llevamos una exigencia de perfección y una devoción desmedida que puede ser igual de peligrosa. ¿Por qué? Porque al sacerdote también le puede afectar.

Él es un ser humano frágil. Si la comunidad lo trata como a un ser superior infalible, puede ocurrir una tragedia espiritual:

  • Puede empezar a creerse sus propios halagos.

  • Puede empezar a buscar el reconocimiento y a depender de los aplausos de la asamblea.

  • Y poco a poco, sin darse cuenta, se desplaza a Dios del centro para ponerse él mismo bajo el reflector.

El sacerdote sirve, acompaña, lidera y administra los sacramentos, pero no es el origen de la gracia. La tubería no es el agua; es solo el canal. Todo viene de Dios.

3. Una responsabilidad compartida

Evitar esta trampa no es solo trabajo del cura; es un esfuerzo conjunto que requiere madurez de ambas partes.

  • La tarea de la comunidad: Estamos llamados a respetar, cuidar y querer a nuestro sacerdote, por supuesto. Él ha entregado su vida por nosotros. Pero debemos hacerlo sin caer en la exageración o en la "idolatría disfrazada". No te escandalices cuando lo veas cansado, enojado o cuando cometa un error; recuerda que es un hombre como tú. Sigue a Cristo, no al carisma del padre.

  • La tarea del sacerdote: Debe pedir todos los días la humildad de Pablo de Tarso. Necesita reconocer siempre que es un simple instrumento. Su mayor éxito pastoral no es que la gente lo ame a él, sino que, a través de él, la gente ame más a Dios. Debe tener la valentía de devolver toda la gloria al cielo.

Conclusión: El único Protagonista

La Palabra es sumamente clara, el protagonista de la Iglesia es Dios, no el sacerdote. La próxima vez que sientas una profunda gratitud por la labor de tu párroco, no lo subas a un pedestal del que será doloroso caer. En su lugar, dale las gracias, reza por su debilidad humana y alaba a Dios por haberte enviado a un buen pastor. Esa es la forma más sana y cristiana de querer a quienes nos guían.


Para profundizar

  • Hechos de los Apóstoles (14, 5-18): La lectura central de esta reflexión. Nos muestra el peligro de la idolatría humana y la necesidad de una predicación cristocéntrica.

  • Papa Francisco (Homilías sobre el clericalismo): El Santo Padre ha advertido en numerosas ocasiones sobre el "clericalismo", una desviación que nace tanto de sacerdotes que se sienten superiores, como de laicos que los idolatran y se niegan a asumir su propia responsabilidad bautismal.

  • San Juan Bautista (Juan 3, 30): La frase que debe regir la vida de todo ministro ordenado, "Es necesario que Él crezca, y que yo disminuya".

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