Reconocer el horror, entender cómo conviven el pecado y la santidad, y asumir que la protección de los vulnerables es ahora una tarea de todos, jerarquía y laicos.
El dolor que no podemos ni debemos ignorar
Hay un tema que nos nuda la garganta y nos llena de una mezcla de rabia, vergüenza y profunda tristeza. Es la traición más dolorosa, cuando aquellos que estaban llamados a ser pastores y protectores en nombre de Dios se convirtieron en lobos para los más vulnerables.
Los casos de abuso sexual, de poder y de conciencia por parte de miembros del clero y religiosos no son una "crisis mediática" o un ataque externo. Son una herida autoinfligida en el Cuerpo de Cristo. Son vidas destrozadas en el lugar donde debían encontrar seguridad.
Hoy en Fe Aplicada, no venimos a defender lo indefendible. Venimos a hacer lo que Cristo nos pide, mirar la verdad a los ojos, pedir perdón y asumir la responsabilidad colectiva. Como ha dicho el Papa Francisco con una claridad que hiela la sangre.
"El hecho de que hubiese un solo caso, ya es monstruoso... Un cura, un sacerdote, tiene que llevar a ese niño a Dios, y si abusa de él lo destroza; le mata la fe, le mata su vida... Por eso hay que ser muy contundentes con esto. No hay excusa que valga". (Entrevista en La Sexta, 2019)
1. Pecadores en una Iglesia Santa
La pregunta que muchos se hacen, incluso los católicos fieles, es, ¿Cómo puede ser "santa" una Iglesia donde ocurren estas atrocidades? ¿Cómo puedo seguir confiando?
Esta es la paradoja más difícil de nuestra fe. La Iglesia es "Santa" no porque todos sus miembros sean impecables, sino porque su Cabeza, Cristo, su Alma, el Espíritu Santo y sus medios, los Sacramentos ,son santos. Pero está compuesta, desde el primer día, por pecadores.
Recordemos que entre los doce apóstoles elegidos por Jesús, estaba Judas, que lo traicionó, y Pedro, que lo negó.
La teología católica siempre ha enseñado que la gracia de Dios pasa incluso a través de ministros indignos, pero eso no disminuye la gravedad de su pecado personal.
El abuso por parte de un clérigo es doblemente grave porque no solo daña a la persona física y psicológicamente, sino que provoca un daño espiritual. Destruye la imagen de Dios en la víctima.
Sin embargo, debemos recordar también la otra cara de la moneda, la existencia del mal no anula la existencia del bien inmenso. En la misma Iglesia donde han existido depredadores, han existido y existen miles de santos, mártires, misioneros y sacerdotes anónimos que entregan su vida heroicamente por los demás. La oscuridad de algunos no puede apagar la luz de la mayoría, aunque la manche terriblemente.
2. Del encubrimiento a la "Tolerancia Cero"
Durante demasiado tiempo, la respuesta de la Iglesia institucional fue desastrosa. Hubo una cultura del silencio, de "proteger la reputación de la institución" por encima de la seguridad de las víctimas, moviendo a los abusadores de parroquia en lugar de entregarlos a la justicia. Ese pecado de omisión y encubrimiento es una mancha que la jerarquía llevará mucho tiempo.
Pero es justo reconocer que, en las últimas décadas, y especialmente bajo los pontificados de Benedicto XVI y Francisco, el rumbo ha cambiado radicalmente. La Iglesia ha pasado de la negación a la acción.
Nuevas Leyes: Normas como Vos estis lux mundi obligan a denunciar los casos y castigan a los obispos que encubran.
Comisiones de Protección: Se han establecido protocolos estrictos en diócesis y escuelas católicas para crear entornos seguros.
Formación: Se ha mejorado la selección y formación psicológica de los candidatos al sacerdocio.
El camino es largo y aún hay fallos, pero la maquinaria se ha puesto en marcha para limpiar la casa.
3. Se acabó "mirar para otro lado": La responsabilidad de los laicos
Este es el punto crucial para una Fe Aplicada. Durante mucho tiempo, existió un clericalismo dañino donde los laicos sentían que no podían cuestionar al sacerdote, que "el Padre sabe lo que hace".
Eso debe terminar. La protección de los menores y vulnerables no es solo tarea del Obispo o del Vaticano. Es tarea de cada persona sentada en el banco de la iglesia.
Si ves algo, di algo: Si sospechas de comportamientos inapropiados, grooming (ciberacoso) o situaciones de riesgo, tu lealtad no es con el sacerdote, es con el niño o la persona vulnerable. Tienes el deber moral y civil de reportarlo a las autoridades civiles y eclesiásticas.
Romper el silencio: No te hagas la vista gorda. No pienses "serán imaginaciones mías" o "no quiero causar problemas". El silencio es el caldo de cultivo del abuso.
Exigir transparencia: Como laicos, tenemos derecho y deber de exigir a nuestros párrocos y obispos que los protocolos de seguridad se cumplan en nuestras parroquias y colegios.
Conclusión
Una Iglesia purificada a través del dolor
No podemos borrar el pasado, ni podemos devolver la inocencia robada a las víctimas, cuyo dolor debe ser siempre el centro de nuestra atención y oración.
Pero podemos asegurarnos de que el futuro sea diferente. La Iglesia debe ser el lugar más seguro del mundo para un niño.
Esta crisis terrible es también una llamada a la purificación. Nos obliga a dejar de lado la arrogancia institucional y a volver a ser una Iglesia humilde, que reconoce sus pecados, que pide perdón de rodillas y que se compromete, con la ayuda de cada uno de sus miembros, a que la casa de Dios nunca más sea un lugar de peligro.

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