"Playlist" oficial de la Iglesia

¿Por qué cantamos "Señor, ten piedad" o "Aleluya"? El repertorio de la Misa no se elige por gustos musicales, sino que cada canto tiene una historia fascinante y una misión espiritual. Te explicamos las raíces de los cantos que nos unen al Cielo.


No es una lista de reproducción al azar

En nuestra nota anterior descubrimos que cantar en la liturgia es mucho más que poner "música de fondo", es dejar que el Espíritu Santo cante en nosotros. Pero esto nos lleva a una pregunta clave, ¿Qué debemos cantar?

A veces, los coros parroquiales escogen canciones basándose únicamente en lo que suena bonito o está de moda. Sin embargo, la Iglesia tiene un repertorio oficial con siglos de historia. Cada aclamación en la Misa tiene un origen asombroso algunas vienen de los primeros mártires, otras del judaísmo e incluso de costumbres paganas redimidas.

Hoy en Fe Aplicada repasamos las "grandes joyas" del canto litúrgico para que el próximo domingo sepas exactamente qué estás cantando.


1. El inicio del viaje 

  • El Canto de Entrada: Aparece por primera vez con el Papa Celestino I alrededor del año 431. Históricamente, no nació como un adorno, sino por una necesidad pastoral, concentrar a los fieles para la celebración y acompañar al celebrante en su camino hacia el altar. La Ordenación General del Misal Romano nos recuerda que su fin es abrir la celebración, fomentar la unión de los reunidos e introducirnos en el misterio del día.

  • El Señor, ten piedad (Kyrie eleison): ¡Su origen te sorprenderá! Era usado entre los paganos como una aclamación de honor dirigida al emperador o a un dios. La Iglesia lo adoptó y lo transformó en una súplica donde los fieles aclaman a su verdadero Rey e imploran su misericordia.

2. La Alabanza y la Palabra

  • El Gloria (Gloria in excelsis): Es una composición antiquísima, de los llamados "salmos idiotas" (un término técnico antiguo para los cantos que no fueron inspirados directamente en la Biblia, a diferencia de los Salmos de David). El Papa San León Magno atestigua su uso en Roma para la misa de Navidad. Es un himno venerable con el que glorificamos a Dios Padre y al Cordero. Un dato clave, su texto es tan sagrado que las normas dicen que "no puede cambiarse por otro".

  • El Salmo Responsorial: No es una canción de relleno de "entretiempo". Es parte integral de la Liturgia de la Palabra que favorece la meditación de lo que acabamos de escuchar. Se debe cantar al menos la respuesta del pueblo para facilitar nuestra unión a la oración.

  • El Aleluya: Viene del hebreo Halleluya que significa "¡Alaben a Dios!" o "¡Gloria al Señor!". Es una aclamación de júbilo originaria del judaísmo. En la Misa, cantarlo constituye por sí mismo un rito, es el acto con el que la asamblea acoge y saluda al Señor, quien está a punto de hablarnos en el Evangelio.

3. Del Credo al Banquete

  • El Credo: Cantar o recitar el Credo tiene como fin que el pueblo responda a la Palabra de Dios que acaba de escuchar en la homilía. Curiosamente, entró muy tarde a la liturgia de Roma (a finales del siglo XI) debido a que la iglesia romana no tenía herejías graves que combatir en sus inicios.

  • El Santo (Sanctus): Es la fusión perfecta del Antiguo y el Nuevo Testamento. Une el grito de los ángeles en la visión de Isaías ("Santo, santo, santo es el Señor") con el grito de la multitud en el Domingo de Ramos recogido por San Lucas ("¡Bendito el que viene en nombre del Señor!"). Con esta aclamación, toda la asamblea se une a los coros celestiales.

  • El Cordero de Dios (Agnus Dei): Repite las palabras de San Juan Bautista al ver a Jesús. Fue introducido por el Papa Sergio (687-701) para un momento muy específico, acompañar la fracción del pan. Por eso, puede repetirse cuantas veces sea necesario mientras el sacerdote parte las hostias, concluyendo siempre la última vez con "danos la paz".


Conclusión: La regla de oro del canto sagrado

Como decía el Concilio Vaticano II, la música sacra será más santa cuanto más íntimamente unida esté a la acción litúrgica.

No cantamos en Misa para "dar un concierto". Cantamos el Señor, ten piedad para pedir perdón; cantamos el Aleluya para recibir a Cristo que nos habla; y cantamos el Cordero de Dios mientras el Pan de Vida se parte para nosotros. La próxima vez que vayas a la Eucaristía, no solo leas las letras en la hojita dominical o en el cantoral. Únete al canto de siglos de cristianos que te han precedido.

Comentarios