Homilía – V Domingo de Cuaresma, Ciclo A. Evangelio de Juan 11,1-45

Hay algo que todos, en algún momento, hemos experimentado, sentir que algo dentro de nosotros se ha apagado. No necesariamente una muerte física…pero sí una ilusión que se perdió, una relación que se rompió, una esperanza que ya no volvió. Y uno aprende a vivir así… como si esa parte “muerta” ya no tuviera solución.

El Evangelio de hoy nos pone frente a una escena fuerte, un hombre muerto, enterrado, con la piedra ya puesta… sin vuelta atrás. Pero lo más impactante no es que Lázaro salga de la tumba… sino lo que Jesús hace antes de eso. Porque en este milagro, Jesús no solo devuelve la vida.

Jesús empieza a revelar lo que Él mismo está dispuesto a cargar por nosotros...

1. Jesús no se queda lejos de nuestra muerte, entra en ella

Cuando Jesús llega, Lázaro ya lleva cuatro días muerto. Humanamente, ya no hay nada que hacer. Pero Jesús no se mantiene a distancia. No dice: “Eso ya no tiene solución”. Al contrario, se acerca… mira la tumba… y llora.

Ahora, para entender mejor esto, recordemos otra escena del Evangelio, cuando Jesús se encuentra con un leproso (cf. Evangelio de Marcos 1,40-45).

En ese tiempo, un leproso no solo estaba enfermo… era una persona rechazada, nadie podía tocarlo, nadie podía acercarse, vivía aislado.

Pero Jesús hace algo inesperado, lo toca. Y aquí está lo importante, al tocarlo, Jesús lo sana… pero al mismo tiempo, según la mentalidad de la época, Jesús queda “como impuro”, es decir, como alguien que ahora también debería estar apartado.

De hecho, el Evangelio dice que después de eso, Jesús ya no podía entrar abiertamente en los pueblos y se quedaba fuera, en lugares solitarios.

¿Te das cuenta?

El leproso queda limpio… y Jesús ocupa su lugar, quedándose fuera.

Eso significa que Jesús “asume su condición”, no es que se enferme, sino que carga con las consecuencias que esa persona vivía; el rechazo, el aislamiento, la exclusión.

Y eso mismo está pasando aquí con Lázaro… pero a un nivel más profundo. Jesús se acerca a la  muerte… sabiendo que ese camino lo llevará a Él mismo a la cruz. Es como si dijera, “Tu dolor no me es ajeno… yo estoy dispuesto a entrar ahí contigo.”

2. Jesús anticipa en sus gestos lo que hará en la Cruz

Este milagro no es solo un favor a una familia. Es un signo. 

Cuando Jesús llama a Lázaro fuera de la tumba, en realidad está anticipando algo mucho más grande  que Él mismo entrará en la tumba y desde ahí vencerá la muerte. Como lo explicaba Benedicto XVI, Jesús no vino a salvarnos desde lejos… vino a meterse en nuestra realidad, incluso en lo más oscuro.

Y como reflexionaba John Henry Newman, al devolver la vida a Lázaro, Jesús ya está caminando hacia su propia sepultura. Es decir, cada gesto de Jesús ya lleva dentro la Cruz.

3. Jesús toma lo nuestro para darnos lo suyo

Aquí está lo más hermoso del Evangelio. Jesús llama a Lázaro, “¡Sal fuera!” y luego dice algo muy importante, “Desátenlo y déjenlo caminar”. Jesús devuelve la vida… pero también rompe las ataduras.

Esto refleja una verdad profunda:

  • Jesús toma lo nuestro (muerte, dolor, pecado)
  • para darnos lo suyo (vida, libertad, esperanza)

Es lo que la Iglesia llama “intercambio admirable”. Él se acerca a nuestra tumba, para sacarnos de ella. Y esto no es solo para Lázaro, es para cada uno de nosotros.


Conclusión

Hoy Jesús no solo mira la tumba de Lázaro, también mira las nuestras. Esas partes de la vida que ya dimos por perdidas:

  • una relación,
  • una fe debilitada,
  • un pecado que parece que no cambia,
  • una herida que sigue abierta.

Y hoy nos dice lo mismo:

  • “Quiten la piedra”
  • “Sal fuera”

Pero hay algo muy concreto que podemos hacer esta semana.

“Quitar la piedra”

Durante esta semana, haz esto:

  1. Identifica una “tumba” en tu vida
    Algo que tu sientes que ya no tiene solución.
  2. Habla con Jesús sobre eso, con sinceridad
    Sin filtros, como Marta y María.
  3. Da un paso concreto
    • Perdonar
    • Pedir ayuda
    • Confesarse
    • Retomar la oración

Ese paso es “quitar la piedra”. Porque el mayor problema no es que haya muerte, sino que nos acostumbremos a ella.


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