“¿Qué estás bebiendo?”
Todos sabemos lo que es tener sed.
Cuando el cuerpo tiene sed, todo el cuerpo lo siente.
Pero hay otra sed más profunda:
la sed del corazón.
Sed de amor.
Sed de sentido.
Sed de paz.
Y muchas veces intentamos saciar esa sed en lugares donde el agua no es limpia. Hoy el evangelio nos presenta a una mujer con sed… y a Jesús que le ofrece agua viva.
1. Cuando confundimos libertad con desorden
Jesús, en su diálogo con la samaritana, toca un tema delicado, su vida afectiva e íntima. No lo hace para humillarla, sino para ayudarla a descubrir dónde estaba buscando llenar su corazón.
La mujer había tenido varios hombres. No era un juicio moral frío, era una realidad que mostraba una búsqueda constante de amor en lugares que no podían saciarla. Y esto no es solo un problema de aquella época.
Hoy existen ideologías que dicen que la verdadera libertad consiste en vivir la sexualidad sin límites. Incluso algunas corrientes invitan a las mujeres a ser promiscuas para “igualar” a los hombres. Pero esa es una igualdad equivocada.
No porque el hombre esté por encima o por de bajo, sino porque se está copiando lo peor de una masculinidad mal orientada. El buen hombre no es promiscuo. El buen hombre es casto.
El hombre que vive su vocación:
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respeta su celibato si es consagrado,
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respeta a su novia o esposa si está llamado al matrimonio.
La verdadera dignidad no está en copiar los vicios, sino en vivir las virtudes. Y esto vale para todos, hombres y mujeres.
2. Los falsos pozos que prometen felicidad
El mundo está lleno de pozos falsos que prometen saciar nuestra sed. Hay pozos ideológicos que confunden a hombres y mujeres sobre su identidad y su sexualidad.
Hay pozos políticos que dividen al pueblo en bandos, izquierda contra derecha, mientras muchos líderes viven cómodamente manipulando al pueblo y alejándolo de la verdadera justicia y comunión.
Y también están los pozos del consumo, la publicidad nos promete felicidad si compramos,
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el nuevo teléfono,
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el nuevo carro,
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el nuevo producto.
Pero esos productos muchas veces vienen con obsolescencia programada, duran poco para que compremos más. El problema es que el corazón humano no tiene obsolescencia programada. El corazón humano está hecho para algo más grande.
Cuando bebemos de estos pozos, puede que por un momento nos sintamos bien… pero la sed vuelve.
“Los falsos pozos nunca sacian el corazón.”
3. El agua viva que solo Cristo puede dar
Jesús le dice a la mujer algo extraordinario, “Si conocieras el don de Dios… tú le pedirías agua viva.” Aquí está la gran noticia del Evangelio, Dios sí puede saciar nuestra sed.
San Agustín lo dijo de manera hermosa,
“Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti.”
Ahora bien, surge una pregunta importante ¿Quién puede acceder a esa agua viva?
¿Los perfectos?
¿Los santos?
¿Los que nunca han pecado?
¿Hay que ser atletas en forma?
¿Modelos de pasarela?
¿Tener un doctorado?
No.
La mujer samaritana no era un ejemplo moral perfecto… pero tenía algo fundamental, sed. El único requisito para acercarse a Cristo es reconocer que tenemos sed.
Sed de verdad.
Sed de amor.
Sed de Dios.
Y cuando nos acercamos a Él, Él no nos rechaza. Nos transforma.
“Solo Cristo puede saciar nuestra sed.”
Conclusión
Hoy el Señor nos invita a revisar algo muy sencillo,
¿De qué pozo estamos bebiendo?
Tal vez de un pozo que promete libertad pero trae esclavitud.
Tal vez de un pozo que promete felicidad pero deja vacío.
Hoy somos nosotros los que tenemos que decirle a Jesús lo que le dijo a la samaritana,
“Dame de beber.”
Porque cuando le damos a Cristo nuestra sed,
Él nos da agua viva.
Y esa agua no solo nos cambia a nosotros…
también nos convierte en testigos para que otros encuentren el verdadero pozo.

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