Alguna vez nos hemos preguntado:
¿Realmente Dios me necesita a mí?
No al padre, no a la religiosa, no al coordinador del grupo parroquial… a mí, tal como soy, con mi historia, mi trabajo, mi familia y mis límites.
Muchas veces pensamos que el llamado de Dios es solo para “los de siempre”, para los que están al frente, para los que hablan bonito o tienen un cargo en la Iglesia. Pero hoy, a través de su Palabra, Dios nos recuerda algo muy sencillo y muy fuerte: Dios también te llamó a ti. No solo para venir a misa cada semana, sino para ser luz, para ser evangelio vivo en la vida cotidiana.
1. Dios te llamó a ti para ser luz en lo cotidiano
La primera lectura de Isaías es clara: Dios llama a su siervo para ser luz de las naciones. Y aquí es donde a veces nos equivocamos, porque pensamos que ese llamado no va con nosotros.
Dios no llamó solo al padre que predica, ni al que dirige un grupo, ni al que tiene un micrófono en la mano. Dios te llamó también a ti, que vienes cada domingo a la Iglesia, que tratas de vivir tu fe como puedes, en medio del trabajo, la familia, los problemas y las decisiones de cada día.
El evangelio no es solo para escucharlo o admirarlo.
El evangelio es para vivirlo.
En las pequeñas decisiones:
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en cómo hablas,
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en cómo tratas a los demás,
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en cómo reaccionas cuando nadie te ve.
Ser luz no siempre significa hacer cosas extraordinarias. Muchas veces significa hacer lo ordinario con amor y con coherencia.
2. Escuchar la voz correcta
En la vida escuchamos muchas voces. Algunas parecen buenas, incluso vienen de amistades cercanas, personas que queremos, pero que a veces tienen el norte extraviado. Voces que nos invitan a:
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hacer trampa,
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mentir “un poquito”,
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aprovecharse de los demás,
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sacar ventaja aunque otro salga perjudicado.
Son voces que, sin darnos cuenta, nos invitan a actuar de manera contraria al actuar de Jesús.
San Pablo lo tenía muy claro. Al escribir a los corintios, llama a la comunidad “santa en Cristo Jesús”. No porque fueran perfectos, sino porque habían sido alcanzados por la gracia de Dios.
La santidad no es hacer un acto heroico que salga en todos lados.
La santidad se vive:
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en lo cotidiano,
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en lo sencillo,
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y mejor aún, en lo secreto.
Ser santo es hacer el bien cuando nadie aplaude, cuando nadie se entera, cuando solo Dios lo ve. Esa es la voz que debemos aprender a escuchar, la que nos invita a parecernos cada día más a Cristo.
3. Testigos, no protagonistas
En el evangelio, Juan el Bautista nos da una gran lección:
Él no se pone en el centro.
Él no se señala a sí mismo.
Él señala a Jesús: “Este es el Cordero de Dios”.
Hoy muchos se sienten frustrados porque dicen:
“Padre, es que yo no soy buen cristiano porque no logro convertir a los de mi casa”.
Y ahí hay una confusión muy grande.
Nosotros no convertimos a nadie.
Eso no sería evangelización, sería manipulación.
Nuestro llamado es otro:
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amar,
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dar testimonio,
-
y hablar de cómo Dios nos ha permitido ver la vida de un modo distinto.
Cuando una persona ve paz, coherencia, misericordia y verdad en nosotros, no nos sigue a nosotros… se interesa por Jesús. Y eso es ser testigos auténticos.
Conclusión
Hoy el Señor nos recuerda que:
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te llamó a ti,
-
te llama a la santidad,
-
y te envía a señalar a Jesús con tu vida.
Que esta semana nos preguntemos:
-
¿qué decisiones pequeñas puedo cambiar para vivir más como cristiano?
-
¿a qué voz estoy escuchando?
-
¿estoy señalando a Jesús o me estoy poniendo en el centro?
Pidámosle al Señor la gracia de decirle, no solo con palabras sino con la vida:
“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.
Y que nuestra vida diaria sea el mejor evangelio que otros puedan leer.

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