¿Alguna vez te has preguntado por qué la Biblia no dice todo, por qué hay silencios, por qué faltan nombres, detalles, explicaciones?
Estamos acostumbrados a textos que nos lo dicen todo, a mensajes rápidos, claros, cerrados…
Pero la Palabra de Dios no funciona así.
La Biblia muchas veces no responde a todas nuestras preguntas, porque su intención no es informarnos, sino transformarnos.
No fue escrita para que la leamos como espectadores, sino para que entremos en ella.
La Palabra de Dios no es un texto del pasado
San Mateo nos dice:
“Jesús comenzó a predicar diciendo: Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca”.
No dice: “Jesús explicó”, “Jesús escribió”, “Jesús analizó”.
Jesús habló.
La fe cristiana nace de una Palabra proclamada, no de un libro cerrado.
Como enseña la Iglesia, la Sagrada Escritura fue escrita para nuestra salvación, no para saciar curiosidades históricas (Dei Verbum).
Por eso la Palabra:
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no es solo recuerdo,
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no es solo doctrina,
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es voz viva que irrumpe en la historia.
Hoy esa misma Palabra sigue diciendo: Conviértete, cambia de rumbo, abre el corazón.
No es un mensaje genérico.
Es una Palabra dirigida, personal, actual.
Dios no da todos los nombres porque quiere pronunciar el tuyo
En el Evangelio aparecen nombres: Simón, Andrés, Santiago, Juan.
Pero también hay muchos otros personajes que no los tienen.
Los biblistas explican que este anonimato no es un error, es una pedagogía de Dios.
La Palabra deja espacios abiertos para que el lector se coloque dentro del relato.
Cuando Jesús dice:
“Vengan detrás de mí”
No está llamando solo a cuatro pescadores de Galilea.
Está llamando:
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a padres y madres,
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a jóvenes,
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a sacerdotes,
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a personas cansadas,
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a quienes buscan sentido.
Cuando la Palabra no da nombres, es porque quiere decir el tuyo.
La Biblia no es una historia sobre otros,
es una historia donde tú estás implicado.
La Palabra escuchada exige una respuesta
Dice el Evangelio:
“Ellos dejaron inmediatamente las redes y lo siguieron”.
La Palabra de Dios nunca es neutra.
Cuando se escucha de verdad, siempre provoca una decisión.
La conversión que Jesús anuncia no es solo moral, es existencial:
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cambiar prioridades,
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soltar seguridades,
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revisar el rumbo de la vida.
Por eso el Domingo de la Palabra de Dios no es solo para:
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tener la Biblia en casa,
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subrayar textos,
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escuchar lecturas bonitas.
Es para dejarnos interpelar, incomodar y mover.
La Palabra que no transforma, no ha sido realmente escuchada.
Conclusión
Hermanos, hoy la Iglesia nos recuerda algo esencial:
Dios sigue hablando.
La pregunta no es si Dios habla, la pregunta es: ¿qué estoy haciendo con la Palabra que escucho? Tal vez hoy Jesús pasa por la orilla de tu vida y te dice:
“Ven, sígueme”.
No te dice todo,
no te explica todo,
pero te invita a confiar.
Hoy, en este Domingo de la Palabra de Dios, el Evangelio nos muestra a Jesús comenzando su misión… y lo hace con personas comunes, con pescadores, con hombres sin grandes títulos. Y lo más importante: Jesús los llama con una Palabra que cambia su vida

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