En cada periodo electoral, muchos católicos sienten una tensión interior: aman su país, quieren participar responsablemente, pero al revisar las opciones políticas descubren que ningún partido refleja por completo el Evangelio. Siguiendo la enseñanza de los últimos Papas, muchos analistas coinciden en que los católicos coherentes somos hoy “políticamente sin techo”.
¿Qué significa esto?
Ser “sin techo” no es ser apolítico ni desentenderse del país. Todo lo contrario: significa asumir el compromiso de participar sin vender la conciencia a ningún partido. El Evangelio no cabe dentro de una ideología y ningún grupo político logra abarcar la totalidad de la dignidad humana: la defensa de la vida, la opción por los pobres, la justicia, la libertad, la solidaridad, la familia, la paz.
Cuando ningún partido encaja del todo
La realidad política suele ser compleja:
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Algunos partidos defienden la vida, pero descuidan la justicia social o la dignidad del migrante.
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Otros tienen una agenda solidaria y enfocada en los pobres, pero promueven leyes contrarias a la vida o a la libertad religiosa.
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Algunos hablan de libertad, pero normalizan la corrupción.
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Otros hablan de justicia, pero ejercen autoritarismo.
Ante este panorama, el cristiano se encuentra sin una “casa política” perfecta. Y eso está bien. Nuestra casa es el Evangelio, no un color político.
Discernir desde el bien posible
Cuando ninguna opción es plenamente coherente con la fe, la Iglesia enseña que el voto debe dirigirse hacia el bien posible, es decir, la alternativa que:
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cause menos daño,
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proteja mejor la dignidad humana,
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preserve la vida en todas sus etapas,
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defienda con más claridad a los pobres y vulnerables,
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permita mayor espacio a la libertad y a la paz social.
Esto no equivale a aprobar todo lo que un candidato representa. Es un acto de responsabilidad moral en un escenario imperfecto.
El cristiano no es fanático
Ser “sin techo” significa también negarse a caer en el fanatismo o en la idolatría política. La fe no puede convertirse en instrumento de un partido. El cristiano apoya lo bueno y denuncia lo injusto, sin importar de dónde venga. No se casa “para siempre” con ningún proyecto humano, porque solo Cristo merece esa fidelidad.
Una postura incómoda, pero profética
Quizá sea más cómodo alinearse totalmente con un bando, repetir consignas o defender un partido pase lo que pase. Pero el Evangelio es más grande, más exigente y más humano que cualquier plataforma política.
Ser “políticamente sin techo” es, en realidad, una forma de ser proféticamente libres: buscar el bien común antes que los intereses de grupo, elegir la dignidad humana antes que los colores, y recordar que nuestra esperanza última no está en un candidato, sino en Dios.

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