Homilía del IV Domingo de Adviento (Ciclo A) Mt 1, 18-24

Cuando pensamos en los grandes personajes de la historia, solemos asociarlos con poder, fama, títulos o riqueza. Pareciera que para “contar” en la historia hay que destacar, sobresalir, ser reconocido.

Sin embargo, el Evangelio de hoy nos presenta a un hombre del que no se registra ni una sola palabra pronunciada: san José. No fue rey, no fue sacerdote, no fue profeta famoso. Fue un carpintero, un hombre sencillo, trabajador, anónimo para el mundo… pero imprescindible para el plan de Dios.

La historia de la salvación nos recuerda hoy algo fundamental:
para Dios no cuentan los títulos, cuentan los corazones.


1. San José es recordado no por lo que tenía, sino por lo que era

El Evangelio no presenta a José por su oficio, ni por sus logros, ni por su estatus social.
Lo presenta con una sola palabra que lo define todo:
José era un hombre justo.”

Justo no significa perfecto, sino recto, no significa sin problemas, sino con un corazón orientado a Dios.
José no quería dañar la dignidad ni la fama de María. Incluso en medio de su confusión y dolor, eligió no herir.

Y esto es muy importante hoy: Dios no elige a José por su fuerza, sino por su capacidad de amar sin destruir. En un mundo donde muchas veces se impone la venganza, el escándalo y la humillación pública, José nos enseña la justicia que nace del amor. Para ser considerado por Dios no hace falta tener poder, hace falta tener un corazón que no lastime.


2. San José tenía una profunda sensibilidad espiritual

José no necesitó una aparición espectacular, ni una voz del cielo en plena vigilia, ni señales extraordinarias durante su trabajo. Dios le habló en sueños.

Y aquí viene una pregunta clave: ¿tú tomarías una decisión que cambia toda tu vida solo a partir de un sueño?

Para hacer eso, hermanos, no basta con soñar. Hace falta una sensibilidad espiritual muy profunda.
Una vida interior sólida. Una relación constante con Dios. José pudo reconocer la voz de Dios porque ya vivía en diálogo con Él. Y aquí hay una enseñanza muy clara para nosotros: muchas veces pedimos signos extraordinarios para hacer lo que Dios ya nos ha pedido claramente.

Mientras más profunda es tu relación con Dios, menos señales espectaculares necesitas. Cuando uno ora, discierne y vive en intimidad con Dios, el camino se vuelve más claro, incluso en medio de la incertidumbre. José nos enseña que obedecer a Dios no siempre elimina las las dificultades, pero sí da la paz para caminar.


3. San José, modelo de paternidad y fundamento de la familia

El papel de san José es tan grande que la Iglesia lo propone como modelo de paternidad. Y esto es profundamente actual. Hoy la paternidad está en crisis y en transformación. El mundo necesita mejores padres, no solo proveedores, sino custodios, presentes, responsables.

Y también necesita decisiones responsables al formar una familia. La humanidad se construye en la familia, y la familia comienza bien cuando hay un matrimonio sano, como el de José y María: basado en el respeto, la fidelidad y la confianza en Dios. Por eso hoy el Evangelio interpela con fuerza:

Hombres:
sean mejores que sus propios padres,
amen y cuiden a su esposa,
protejan y acompañen a sus hijos.

Mujeres:
sean mejores que sus madres,
elijan hombres dignos de amar,
capaces de custodiar la vida, el amor y la familia.

San José nos recuerda que ser padre no es solo engendrar, es hacerse cargo, permanecer, amar y proteger.


Conclusión 

Hermanos, a pocos días de Navidad, san José nos enseña el camino del Adviento bien vivido:

– No buscar protagonismo, sino fidelidad.
– No exigir signos, sino cultivar la oración.
– No huir de la responsabilidad, sino asumirla con amor.

Pidamos hoy la gracia de tener un corazón como el de José, justo, sensible a Dios, fiel en lo pequeño y valiente en lo decisivo.

Amén.

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